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El Año “Adulto Mayor”

Anclados en la política comunicacional de la revolución ciudadana debiésemos ya olvidarnos de los años viejos, porque el ordenamiento del nuevo Ecuador (lo vivido hasta ahora solo fue una grotesca ficción) prescribe llamar al evento que se aproxima, no festejos por el Año Viejo, sino fiestas del Año Adulto Mayor. La lógica es preceptiva, tiene consecuencias, es “lógica”. Por sobre consideraciones transitorias, quiero escribir sobre la vida en los precisos momentos en que, quizá, la parca intenta arrebatarnos a seres muy queridos que son parte de nuestras vidas, de la vida de amigos y familiares.

Navidad y Año Nuevo, cuando la temperatura cambia en el Litoral, no es el mejor momento para las personas que hemos acumulado algo más de medio siglo de existencia; vale cuidarnos, chequear nuestros índices de vitalidad y proceder con el estoicismo correspondiente y con la fe indispensable. Los que pertenecemos al gremio de la tercera edad, hoy eufemísticamente llamado de adultos mayores, en lugar de viejos o ancianos, necesitamos poner la casa en orden; acoplar la brújula para el último tramo del viaje. Soy un amante contumaz de la vida. Cada mañana me levanto con ganas de hacer de las horas un tiempo propicio para entenderme mejor, para comprender más y mejor a quienes están muy cerca; para amar, a mi modo, a quienes complementan la esencia misma de mi existencia. Si el paraíso terrenal que nos describe la Biblia era algo tan maravilloso, qué podemos decir de ese oasis que cada uno de nosotros construye o intentamos construir, lleno de paz, de cariño, de comprensión, de horas consagradas al estudio, al trabajo manual, al cuidado del medio ambiente; a la preocupación efectiva, afectiva y desinteresada del bienestar de quienes requieren de nosotros algo nuestro. Cada edad tiene su oportunidad y su manera de vivir la vida. No vivirla es un pecado de lesa sindéresis, porque si es vida es para vivirla, no para archivarla, anestesiarla o desperdiciarla; a su vez, todos amamos a nuestra manera, porque somos diferentes y porque expresamos nuestro amor de manera distinta.

Amigas y amigos de este columnista, nos hemos nutrido muchas semanas, de algunos meses, de un producto llamado información, emitido a través de las máquinas de alguien que un día, en este Diario, decidió invertir en comunicación, un producto en extremo volátil, indispensable para la vida comunitaria, para la pluralidad de opinión, para la divergencia de criterios, para encontrar la verdad e inclusive para equivocarnos por ser presas de atisbos de la realidad que perseguimos, de insospechados ‘fata morgana’. La racionalidad y la sensatez doblegan terquedades y sanan miopías. Son gotas de agua que horadan la roca. La paz se nutre de insurgencias y resistencias. El año que está por llegar exigirá compromisos, definiciones, más amor de Patria. Fue grato para mí, desde este espacio, decir lo que pienso y siento, todavía, con libertad. ¡Que el 2013 nos devuelva la sangre a nuestros rostros!

“La Puntilla de Santa Elena es una joya que debe brillar”.