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Mañana es treinta y uno

El 31 de enero de cada año hay festejos en todas las provincias del Ecuador porque en todas ellas, de una u otra forma, hubo o hay presencia salesiana. En Guayas, de manera especial en Guayaquil, enero tiene para exalumnas y exalumnos salesianos el recuerdo de los años de formación pasados bajo la égida de formadores, laicos y sacerdotes. Los cristobalinos, por ejemplo, graduados casi todos en el mes de enero, suelen reunirse con los compañeros de promoción para recordar viejos tiempos y disfrutar volviendo a ser jóvenes al menos por un par de horas; el espíritu salesiano lo viví en carne propia, como alumno primero, luego como formador, tiene un saborcito a familiaridad, a cercanía, a bondad, a María Auxiliadora, a deportes, música y teatro; experiencias que un buen día se metieron en el alma, impregnaron vidas y sirvieron de médula para alimentar jornadas en bien de la familia y de la comunidad.

¿Por qué el 31? Porque el 31 de enero de 1888 murió Juan Bosco en Turín, el pedagogo sabio que fundó la comunidad salesiana y fue declarado por la Iglesia beato y luego santo. Se dice que la muerte de un justo es el nacimiento para la eternidad; no es un día de duelo, sino una jornada de alegría y felicidad. Es por esto que cada 31 de enero la Iglesia católica honra a San Juan Bosco; tanto los salesianos como sus alumnos, ahora exalumnos, aprovechan la jornada para revivir las enseñanzas recibidas. Todos los egresados de las diversas instituciones educativas tienen sus razones para sentirse orgullosos del lugar donde recibieron su formación. En el Litoral, enero es la época del volver atrás, de las añoranzas, del encuentro con los compañeros de aula, con enseñanzas y viejos propósitos.

Conozco instituciones particulares que ayudan a sus alumnos a planificar un proyecto personal de vida, un camino hacia el futuro, una ruta que les conduzca adonde quieren llegar; para esto diseñan en conjunto el hacia dónde, el cómo, el cuándo, el por qué y el para qué. Es hermoso hablar con jóvenes bachilleres y escucharles confesar lo que quieren ser y qué quieren hacer con sus vidas; lo hacen con certeza, con soltura, convencidos de su ‘plan de vida’. Traigo esto a colación porque antaño no tuvimos estos términos ni manejamos así los compromisos, pero en aquellos años los exalumnos de hoy, también supieron qué hacer con sus vidas y buena parte de ellos se convirtieron luego en seres útiles, cada uno desde su peculiar forma de ver la existencia, cada uno acorde con su cosmovisión, como se dice ahora. Alguien me enseñó: “árboles y amores mientras tengan raíces tendrán frutos y flores”. Un abrazo a mis alumnos de un ayer lejano y cercano. La educación es una tarea de largo liento; no se trata de una cosecha de ciclo corto. Lo maravilloso es que las semillas un día germinan, temprano o tarde, no importa… pero germinan.

“La Puntilla de Santa Elena es una joya que debe brillar”.