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Repudiable maltrato

Hace pocos días, un numeroso grupo de maestros, por jubilarse y también jubilados, estuvieron en la Asamblea Nacional. Sus rostros denunciaban el paso de los años, la marcha inclemente del tiempo. Eran vidas llegadas a la madurez en busca de reposo y paz, en pos de recursos para satisfacer necesidades y cumplir con sueños tempranos que no pudieron hacerlos realidad. Eran vidas dedicadas por treinta, cuarenta o más años a la docencia. Hombres y mujeres que todas las mañanas tuvieron un solo propósito: hacer de sus alumnos gente de bien; enseñarles que a la Patria, que fue siempre de todos, se la debe honrar con el trabajo y con la honradez; que la justicia debe ser una dama ciega que da a cada uno lo que le corresponde sin mirar el color de los rostros, el dinero de los bolsillos ni las influencias políticas; que la familia debe ser respetada; la honra propia y ajena defendidas.

“Honra la cabeza cana para que te honren mañana” repetía mi abuela a sus nietos cuando nos reuníamos en su propiedad durante las vacaciones. Cuando hablaba un mayor los pequeños nos callábamos; cuando ingresaba a nuestras casas un desconocido, mayor de edad, lo saludábamos con respeto al igual si lo encontrábamos en las calles o en los senderos que frecuentábamos en los campos morlacos. Esos rostros que vimos en la televisión, hace poco, son rostros que llegaron a viejos en esa labor de maestros sacrificados y responsables; maestros que ganaban poco pero estaban felices de cumplir con un designio divino de ser guías de niños y jóvenes. En ese quehacer quizá nació la frase, convertida luego en sello de una profesión: “no se gana pero se goza”, porque el maestro, el verdadero maestro, el que permanece en su trinchera hasta que los años se vienen encima es o debe ser un verdadero maestro, un sembrador, un constructor, un orientador, un guía, un permanente motivador.

Imperdonable, inconcebible, repudiable e injusto es aquello que sucede con los maestros. Los ya jubilados viven con pensiones de hambre que bien pueden ser mejoradas buscando también para ellos una “pensión de la dignidad”. Quienes desean jubilarse no pueden hacerlo porque ha desaparecido del sistema la página web respectiva. La jubilación no es una dádiva ni un recurso que el patrono puede manipularlo a su antojo. La jubilación es un derecho y los montos creados para premiar una jubilación son números fijados acordes con normas existentes. El gobierno de la RC no debe cargarse con el INRI de haber ultrajado a la edad que mayor respeto merece, según una tradición ancestral. Si se restauran casas viejas, si se cuidan museos, si existe veneración por la pintura antigua, por la música clásica y por las cenizas de quienes fueron nuestros progenitores, no se entiende por qué debe menospreciarse y ultrajar a quienes, siendo viejos, quieren pagar con decoro la hermosa deuda de haber sido jóvenes. ‘La vejez es el precio de estar vivos’, amigas y amigos de EL UNIVERSO.

“La Puntilla de Santa Elena es una joya que debe brillar”.